Portofino Italia

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De repente, descubrimos una ensenada escondida, llena de olivos u castaños. Un pequeño poblado, Portofino, se abre como una luna creciente en torno a esta tranquila bahía. Anteriormente Portofino sólo era conocido por un círculo restringido de aristócratas ingleses, amigos del cónsul Brown que en 1845 transformó aquel renacentista en una espléndida villa situada en la cima de un promontorio, sin embargo, con el paso de los años se convirtió en un lugar delicioso, frecuentado por reyes y reinas de toda Europa, y fue precisamente una baronesa alemana la que lo salvó de la destrucción ordenada por los nazis a su retirada.

Hoy el Castillo Brown, aislado entre pinos, ofrece a los visitantes el mismo panorama sobre el Golfo de Tigullio. Una pequeña bahía en el Mar Mediterráneo; a la que da el poblado milenario, construido a base de casitas arracimadas de color pastel y situado a los pies de la iglesia de San Martino. Era en otros tiempos un pobre poblado de pescadores que atracaban sus barcas en el pequeño puerto, bien protegido de los vientos y de los embates del mar, hoy, repleta de yates de lujo, la pequeña plaza que desciende hacia el mar, se ha convertido en centro de encuentros internacionales; las casas, pobres construcciones hasta los años cincuenta, son hoy día valoradas a precio de oro y en ellas hay boutiques y locales de moda. Sin embargo el fondo de la postal ha permanecido, como por encanto, tal cual. Parece como si algo mágico subsistiera tras del destino de la perla del Tigullio, enmarcada por el verde de la montaña de Portofino, un lugar paradisíaco protegido como parque natural.